La inestabilidad en el mercado petrolero, con barriles superando los US$ 110, y la precariedad de las rutas marítimas esenciales para el suministro de combustibles y fertilizantes, están posicionando al sector agrícola como el motor principal para la sustitución de las energías fósiles. Este escenario está reconfigurando el mapa global de los cultivos.
Ataques frecuentes a infraestructuras petroleras y refinerías, junto con la estrategia de Ucrania para restringir las exportaciones rusas, se han vuelto imágenes cotidianas de conflictos que generan columnas de humo negro y daños millonarios. En este contexto de seguridad energética comprometida, los cambios en la agricultura que ya se vislumbraban, ahora se aceleran.
Este fenómeno no es reciente. La crisis climática ya había impulsado transformaciones significativas, como el compromiso de las aerolíneas de reemplazar el 1% anual de sus combustibles fósiles por biodiésel desde 2020, lo que representa una demanda masiva de aceites. La autonomía energética, o al menos la reducción de la dependencia de los hidrocarburos y sus fluctuaciones de precios, ha escalado en la agenda agrícola como un factor de demanda cada vez más crucial. Abastecer aviones y el resto de la movilidad con biodiésel genera un requerimiento superior al de los mercados de alimentos básicos como el trigo o el arroz.
La siembra de cultivos de invierno está por comenzar y ya se anticipa una disminución del área destinada al trigo, a favor de un notable incremento en la colza. El trigo, con su alta dependencia del nitrógeno, presenta un mayor riesgo y sus precios actuales están lejos de ofrecer un margen de equilibrio atractivo. Según el Departamento de Agricultura de EE. UU. (USDA), la superficie de trigo en ese país sería la más baja desde 1919. La presión por los fertilizantes nitrogenados, cuyo costo se basa en el gas natural y no se espera que disminuya este semestre, forzará una reducción global del área de trigo, dejando en el aire la pregunta sobre cuándo repuntarán sus precios de forma significativa.
Mientras tanto, el gobierno de Estados Unidos finalmente implementó un aumento largamente esperado en el uso de biocombustibles. El 27 de marzo, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) confirmó el Estándar de Combustibles Renovables para 2026 y 2027, elevando el mandato de biodiésel a 6.300 millones de galones para 2026. Esta cifra representa casi el doble de los 3.350 millones de galones empleados en 2025. Esta medida, que superó las expectativas del sector privado, inyectará entre US$ 3.000 y US$ 4.000 millones adicionales en los ingresos netos de las explotaciones agrícolas, generando US$ 31.000 millones para el maíz y el aceite de soja estadounidenses destinados a la producción de biocombustibles en 2026.
Sin embargo, los mercados no reflejaron un entusiasmo desmedido. Aunque las cotizaciones de la soja han subido, el impacto ha sido limitado. La imponente cosecha brasileña, ya recogida en un 90%, continúa ejerciendo presión. Si bien el aceite estimula la molienda, esto a su vez presiona a la baja la harina de soja. Además, el contenido de aceite en la soja es de solo un 20%, lo que significa que esta «revolución aceitera» tiene un mayor impacto en cultivos donde Brasil no es un actor principal y que poseen un porcentaje de aceite superior en sus granos. En contraste, mientras el precio de la soja en EE. UU. se mantiene por debajo de los US$ 400 por tonelada, la colza supera los US$ 500 y el girasol con alto contenido de aceite alcanza los US$ 600.
**La revolución de los aceites en Uruguay**
Cultivos como la colza, carinata, camelina y girasol están ganando terreno. Uruguay ha sabido aprovechar este nicho aceitero, impulsando tempranamente la colza como una alternativa para diversificar las rotaciones de invierno. Con más de una década de experiencia en su manejo, el país se encamina a un récord de área sembrada en 2026 para las brásicas, que podría superar las 348 mil hectáreas de 2022, alcanzando probablemente las 350 mil. Este crecimiento, además de la demanda y los precios, se ve impulsado por un componente de costos: la necesidad de fertilizantes es menor para lograr dos toneladas de colza que para cinco de trigo o cebada, y la incidencia de los fletes en la cosecha es significativamente inferior. Ante este escenario, es crucial priorizar todas las oleaginosas posibles dentro de la rotación agronómica y valorar las leguminosas, que aportan nitrógeno de forma natural, reduciendo la dependencia de fertilizantes sintéticos.
En este contexto, sorprendió que en la Expoactiva no se presentara un plan para la carinata, el cultivo que obtuvo el mejor precio el año pasado, aunque se espera su anuncio en los próximos días. Una reunión reciente sobre oleaginosas de invierno congregó a cientos de agricultores ávidos de conocer los detalles de la siembra de este año. Similar expectativa existe para la próxima siembra de girasol, cuyo exitoso rendimiento en la cosecha actual, especialmente al norte del río Negro, fue celebrado por Copagran junto a numerosos productores.
**Estados Unidos: más soja y menos maíz**
Esta semana también se confirmó la tendencia en la siembra de verano de los agricultores estadounidenses. Como se anticipaba, el área de maíz disminuirá y la de soja aumentará, aunque en una magnitud menor a lo esperado por el mercado. Se estima que se agregarán 1,4 millones de hectáreas de soja, un cultivo con menores requerimientos de fertilización, compensando una reducción similar en el maíz. Los mandatos de etanol no han resultado tan estimulantes como los relacionados con el aceite. Esto, sumado a los récords de stocks de soja a nivel mundial y la gran cosecha brasileña, aumenta la oferta global. Así, las oleaginosas de invierno se benefician de una competencia muy escasa por parte de Brasil y Estados Unidos, operando en un mercado de futuros con precios no solo más altos, sino también mucho más estables. Si la revolución de los aceites ya estaba en curso, la situación geopolítica actual no hace más que acelerarla.
**Australia e Indonesia: del campo al tanque**
Australia enfrenta una situación extrema con reservas de combustible para aviones que apenas cubren 30 días. El país debate una propuesta audaz: dejar de exportar el 80% de su colza a Europa para procesarla internamente. Se estima que en la zafra 2025/26, Australia producirá 6 millones de toneladas de colza; procesar esta cantidad a nivel nacional podría cubrir el 12% del consumo de combustible de aviación, asegurando la conectividad aérea y reduciendo las emisiones en un 50%. La urgencia es tal que, en el sur del país, el transporte público se ofrece gratuitamente para desincentivar el uso de vehículos particulares ante la escasez.
Por su parte, Indonesia ha generado un impacto significativo en el mercado de aceites vegetales. El presidente Prabowo Subianto confirmó que este año se alcanzará el mandato B50 (50% de aceite de palma en el diésel). Esta medida busca reducir la importación de crudo, aunque plantea el desafío técnico de construir cinco nuevas plantas de procesamiento para absorber los 3 millones de toneladas adicionales de aceite que dejarán de exportarse a otros mercados.
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