TÍTULO: Un agricultor uruguayo impulsa el resurgimiento de la guayaba, una fruta autóctona con «sabor a patria»

CUERPO: Ricardo Masculiatte, un experimentado fruticultor, halló en el cultivo de una fruta autóctona el impulso para reinventar su carrera y una fuente de profunda satisfacción. Su singular trayectoria, que ha permitido a los uruguayos reencontrarse con «el sabor de la patria» a través de un fruto nativo, inició hace años, de manera casi fortuita, en el hogar de su suegra, donde un viejo guayabo le reveló un nuevo camino. En esta labor lo acompaña su esposa, Liliana Stevenazzi.

Desde el galpón de su establecimiento, donde dialogó con El Observador, Masculiatte especificó que, si bien él se refiere a la especie como guayaba (Acca sellowiana), es igualmente correcto denominarla guayabo.

El productor relata que su incursión en el cultivo de guayaba data de 2008, cuando recibió plantas enviadas por Beatriz Vignale desde la Facultad de Agronomía en Salto, una iniciativa gestionada a través de INIA Las Brujas (Estación Experimental del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria en Canelones). Con este material inicial, estableció las dos primeras filas de un módulo experimental. Con la colaboración de destacados investigadores frutícolas como Danilo Cabrera y Félix Fuster, Masculiatte logró propagar más de mil plantas de guayaba, las cuales distribuyó a la comunidad. Este trabajo pionero fue clave para la selección de los ejemplares más prometedores a lo largo de los años, resultando en la obtención de clones de alto rendimiento disponibles hoy. La propagación de plantas sigue siendo una de sus actividades preferidas. Además, subraya que la financiación de Naciones Unidas en aquella etapa fue crucial, proporcionando un impulso esencial para el proyecto.

Retomando el origen de su inspiración, Ricardo rememora el guayabo centenario (de más de 80 años) en la casa de su suegra, que aún fructifica. Observar a toda su familia, sin distinción de edad, disfrutar con tanto entusiasmo de sus frutos, fue lo que lo impulsó a dedicarse a su producción. Aunque inicialmente el desafío principal fue la obtención de plantas, los apoyos recibidos y la investigación desempeñaron un papel vital, culminando en la actual expansión del cultivo de guayaba por parte de numerosos productores en diversas regiones del país.

Actualmente, un cuarto de hectárea de su finca está dedicada al cultivo de guayabas, presentando dos tipos de plantaciones: las obtenidas de semilla, que ofrecen una producción más heterogénea y tradicional, y las hileras de clones, fruto de la investigación del INIA. Estas últimas producen frutos uniformes y han sido registradas en el Inase (Instituto Nacional de Semillas) como las primeras variedades de «guayabo del país»: INIA Fagro Isleña, INIA Fagro Cerrillana, INIA Fagro Artillera e INIA Fagro Armonía. Mientras que una planta adulta de semilla rinde alrededor de 20 kilos en un periodo de 15 a 20 días, entre finales de marzo y principios de mayo, la cosecha de los clones es más tardía y escalonada por variedades. La producción de los clones, además, comienza tan solo dos años después de su plantación. La recolección se realiza cuando la fruta se desprende naturalmente del árbol, ya que su color no indica madurez; es habitual sacudir los troncos para facilitar la caída y posterior recogida.

«La guayaba posee un sabor distintivo, una combinación agridulce que la hace sumamente apetitosa; quien la prueba, difícilmente puede detenerse», asegura Masculiatte. Este fruto nativo no solo es delicioso, sino también notable por su alto valor nutricional y propiedades medicinales. Contiene una cantidad de vitamina C comparable a la naranja, potasio similar al de la banana, y un considerable aporte de otros minerales, vitaminas y antioxidantes. Su versatilidad permite disfrutarla tanto fresca como en la preparación de mermeladas y salsas.

En cuanto a la rentabilidad, un aspecto crítico para cualquier productor, Masculiatte destaca que «el cultivo de guayaba cubre los gastos y genera beneficios, algo que no ocurre sistemáticamente con otras frutas como la manzana o el membrillo, cuya rentabilidad fluctúa enormemente según la oferta y la demanda». Subraya, además, sus cualidades únicas en el mercado: «Aunque se promueve el consumo general de frutas, la guayaba es especialmente valorada por su exquisito sabor y excepcionales propiedades nutricionales. Su origen como fruto nativo de Uruguay y de áreas limítrofes en el sur de Brasil y norte de Argentina, que ha logrado trascender fronteras, le confiere un atractivo particular». Otra ventaja significativa es su vida útil post-cosecha, que oscila entre ocho y diez días, lo que minimiza el desperdicio. En la huerta, se comporta como una planta robusta y adaptada al clima local, requiriendo mínimas intervenciones, salvo para controlar la mosca de la fruta. Su floración y fructificación tardías le permiten, además, evitar los daños más severos de las heladas.

Ricardo, de 65 años, comparte su vida y su trabajo junto a su esposa, Liliana Stevenazzi, en Rincón del Gigante, una localidad canaria próxima a Juanicó, a pocos kilómetros de la Ruta 5. Nació en el mismo predio que su abuelo Antonio adquirió en 1943, y donde su padre Rubén también trabajó. El origen italiano de su apellido remite a su bisabuelo, inmigrante del norte de Italia, aunque fue su abuelo quien forjó el camino en la tierra. La historia de Ricardo pone de manifiesto una problemática recurrente en la actividad rural uruguaya: la falta de continuidad generacional. Sus hijas, una escribana y otra técnica en electrónica, han optado por otras profesiones. «Ellas y mis yernos no seguirán con esto; es una labor muy sacrificada, llena de desafíos. Para la juventud actual, los incentivos no son suficientes», lamenta. Sin embargo, para Ricardo, ser granjero va más allá: «Esto es lo que aprendí, lo que sé hacer, es mi pasión y le tengo un profundo cariño; producir frutas es el gran amor de mi vida». Subraya que su «escuela fue la familia», de quienes aprendió el oficio. De sus ocho hectáreas, cinco están cultivadas. La expansión se ve limitada por la escasez de mano de obra calificada. «Cuento con un excelente empleado, Héctor Rodríguez, quien lleva 38 años con nosotros y es parte de la familia. Pero ya no se encuentra gente así. Podría cultivar dos hectáreas más, capaz, pero prefiero no arriesgarme», explica. Su producción incluye membrillos, manzanas, duraznos pelones, ciruelas y guayabas, distribuidas estacionalmente. «La cosecha comienza en noviembre con la ciruela y concluye en mayo con la guayaba; todo está planificado para evitar la acumulación de tareas». Casi la mitad de su producción es vendida a un distribuidor local que abastece a varios comercios, mientras el resto se comercializa a un comisionista de la Unidad Agroalimentaria Metropolitana (UAM), con la excepción del membrillo, que se destina a la empresa Los Nietitos.

Para Ricardo, la guayaba ha trascendido la mera actividad económica. «En este punto de mi vida, es una pasión que me ha recargado de energía, a mí y a muchos otros, pues se ha consolidado un valioso grupo de productores que compartimos este entusiasmo», confiesa. Se refiere a Frunatur (Productores de Frutos Nativos del Uruguay), una Asociación Agraria Uruguaya integrada por quienes, impulsados por la guayaba, se dedican a la investigación, difusión y revalorización de los frutos autóctonos del país. Masculiatte fue un actor clave en la etapa inicial como viverista, al punto que su modelo de producción es conocido dentro de Frunatur como Vivero Frunatur. Otros miembros fundadores incluyen La Araucaria (Colonia), Frutos Autóctonos Del Rincón (Canelones), Dos Pindó (Florida), La Guayabería (Maldonado) y Chacra Agroecológica Ibirapitá.

El guayabo del país es una de las especies autóctonas más reconocidas de la flora uruguaya, y su fruto es popularmente conocido como «el delicioso sabor de la patria». Su cultivo y aprecio por parte de los habitantes se remonta al siglo XIX. Aún hoy se hallan ejemplares centenarios fructificando en viejas estancias y asentamientos rurales. Además, se siguen documentando plantas silvestres de avanzada edad en departamentos como Cerro Largo, Lavalleja, Rivera, Treinta y Tres y Tacuarembó, particularmente en las transiciones de las características quebradas y en praderas serranas. A pesar de ser un «descubrimiento» reciente para muchos uruguayos, este fruto goza de gran reconocimiento y valoración en naciones como Australia, Nueva Zelanda, Israel, Azerbaiyán, Italia, Colombia y Estados Unidos. En estos mercados, su uso va más allá del consumo fresco, siendo ingrediente principal en postres como helados y bebidas como el «vino de feijoa».

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